Feroz, ágil, misterioso. Según contaba la leyenda no se conocía persona alguna que hubiese conseguido llegar a detenerle. Habían sido cientos los caballeros que lo habían intentado, algunos afortunados que lograban escapar con vida volvían a sus casas más ancianos, más debilitados y sabiendo que nunca volverían a ser como antes. Lo más curioso de este invencible jinete era su plan estratégico de combate, actuaba de manera idéntica en cada una de las batallas que libraba, los mismos movimientos mortales que te dejaban exhausto, la misma mirada impenetrable. Según contaban los rumores en ocasiones el temible adversario obligaba a los ingenuos caballeros, ya casi rozando el nunca más, a repetir que aquí el único que ponía las reglas. ERA ÉL.
Yo en aquel entonces era una joven dispuesta a todo, con coraje, valentía y un orgullo despótico. Había participado en combates mediocres, sin relevancia alguna. Mi único objetivo era vencer a aquel caballero de rostro desconocido y poder alzarme con el título de la mujer que había conseguido derrotarlo. Debido a su ya tan conocida técnica de batalla, tracé un meticuloso plan memorizando cómo debía protegerme y cómo atacar, dependiendo del movimiento que él hiciera. Y llegó el día.
Lo miré. Me quedé inmóvil. Entorné los ojos. Lo desafié.
Vaya... que extraño, parecía haberse detenido titubeante. En su titubeo, mi ego triunfante explotó en un grito de júbilo. Quizás iba a ser yo, aquella escuálida y arguellada chica deseosa de ser una reconocida amazona, la que iba a vencer al temido caballero. Sin embargo aquel titubeo no significó nada para él, su confianza en sí mismo era apabullante. Él esperaba tranquilo, intentando adivinar mi debilidad. Su poderío era claramente visible. Caminábamos uno delante del otro dando pasos alrededor de un círculo imaginario que habíamos creado entre ambos. Con mirada altiva me intimidaba. Pero yo había practicado mucho para ese momento, había trazado un plan perfecto, lo tenía todo en mi cabeza. Todos y cada uno de sus movimientos estaban concienzudamente memorizados, pero al dedicar toda mi atención a esa barrera visual que me mantenía viva, descuidé la coordinación de mis pies y sin darme cuenta un delicado traspié desembocó en mi sentencia de muerte. Como yo había temido desde un principio iba a llegar mi final. Un final trágico, rápido, absurdo.
Mi lucha fue triste y lamentable. Volvió a ganar. No sé porque pensé que yo sería diferente.
Él volvió a imponer sus reglas, fue el tiempo quién volvió a marcar mis minutos y segundos de vida.
Creí que podia vencerle. De veras que por un instante pensé que habia ganado.
En mis últimos minutos de vida, me di cuenta de que el tiempo pasa, da igual que no quieras aceptarlo o cierres los ojos ante su paso. Su paso es impertérrito. No puedes luchar contra la realidad. El tiempo se lleva todo lo en su día fue. Y ese día permanecerá allí, donde habitan los recuerdos, en la guarida más cobijada y inaccesible que existe. El pasado.
El reloj seguirá ganando. La personificación del tiempo seguirá venciendo.
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